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 | Por El Obispo Edward C. Malesic

La Cuaresma es una oportunidad para reflexionar y profundizar en nuestra relación con el Señor

Mientras este número de Northeast Ohio Catholic llega a su buzón, nos encontramos en medio de la santa temporada de la Cuaresma, un tiempo de reflexión, arrepentimiento y redención. Como su obispo, tengo el privilegio de conocer a muchos de ustedes en toda la diócesis, y me anima mucho cuando comparten conmigo sus experiencias del poder del amor, de la misericordia y del perdón de Dios. Sus historias sobre la presencia permanente de Dios, su gracia y su providencia en sus vidas reflejan la sustancia y el fundamento de nuestra fe católica. Cada historia que escucho me inspira y me fortalece. ¡Qué grande es nuestro Dios! Y el poder de su perdón es inconmensurable.

La Cuaresma es un tiempo maravilloso para reflexionar sobre nuestra vida espiritual y trabajar para profundizar en nuestra relación tanto con Jesús como con los demás. Es un tiempo para meditar sobre qué podríamos renunciar para dar más, así como sobre qué pasos adicionales podríamos dar en el servicio a los demás mediante la oración y las contribuciones personales. Pensamos en nuestros pecados y en cómo podemos empezar a eliminar los vicios más habituales de nuestras vidas, en confesar nuestros fallos morales en el Sacramento de la Reconciliación, en arrepentirnos, en recibir la gracia de Dios y en hacer penitencia para ayudarnos a volver al buen camino.

Cuando consideramos todo esto, ¿nos acercamos a esta temporada de Cuaresma con ansiedad, melancolía o culpabilidad? Si es así, me gustaría sugerirles que consideren este tiempo especial de contemplación como el privilegio que es —una invitación a reflexionar sobre el increíble amor y la misericordia de Dios—. La Cuaresma debería ser una primavera de alegría mientras llegamos a conocer el deseo de Dios de acogernos siempre de nuevo.

El perdón es la razón por la que Jesús vino a este mundo. Vino a asumir, como inocente Cordero de Dios, los pecados de toda la humanidad. ¡Qué carga tan oscura y pesada nuestro Señor llevó voluntariamente por nosotros! Como está escrito en Juan 1,14: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. ¿Cuán asombroso es que Dios envíe a la Palabra —su hijo— hasta nosotros? En realidad, es asombroso que Dios nos ame tanto, ¿verdad? Envió a Jesús para que adoptara forma humana, revelara su gloria, gracia y verdad, y se convirtiera en nuestro redentor.

Como católicos, entendemos que no hay pecado tan grande que Dios no pueda perdonar, ni que su gracia no pueda superar. Nuestros pecados nunca podrán superar la fuerza del perdón de Dios. Y por eso la Cuaresma es tan importante: proporciona una fuente de toda nuestra esperanza, que está en Cristo Jesús. La Cuaresma nos brinda la oportunidad de unir nuestros propios esfuerzos por hacer penitencia, reparar, rezar y ayunar, con el sacrificio de Jesús. Nos ofrece la oportunidad de reconciliarnos con Dios confesando nuestros pecados con un corazón sincero y proponiéndonos hacerlo mejor. Busquemos la manera de convertir esta oportunidad en una fuerza positiva en nuestras vidas. Para comprender el poder que puede tener el perdón de Dios en la vida de una persona, les animo a leer nuestro artículo de portada en la página 6 y a ver el video que lo acompaña.

Cuando Jesús comenzó su ministerio en Galilea tras el arresto de Juan el Bautista, sus palabras fueron claras y se hicieron eco de lo que Juan había dicho: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 4,17; Mc 1,15). No lo dijo para avergonzarnos, sino para conducirnos a la vida abundante que vino a traernos. El pecado es una carga para nosotros. Jesús vino a quitárnosla.

Sí, Jesús nos ama tal y como somos. Sin embargo, también nos ama tanto que no quiere que nos quedemos como estamos. Él nos proporciona el camino de vida que nos lleva al mismo cielo.

En Pascua, recibiremos a muchas personas en nuestra Iglesia mediante el bautismo; también daremos la bienvenida a muchas otras a la plena comunión con nosotros mediante los sacramentos pascuales de la eucaristía y la confirmación. Quienes ya somos miembros de la Iglesia, renovaremos nuestras promesas bautismales al prometer rechazar el pecado, la tentación del mal, a Satanás y todas sus obras vacías, y abrazar nuestra fe en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Que renovemos nuestras promesas bautismales con corazones limpios, perdonados y dispuestos a comprometernos de nuevo a seguir a Jesús como hijos e hijas amados de Dios.


El Obispo Edward C. Malesic es el 12 o obispo de la Diócesis Católica de Cleveland.

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